Francisco Goya, el gran maestro aragonés del siglo xviii, abordo el tema de la hechicería y las brujas de su tiempo, y su obra aporta uno de los escasos testimonios artísticos sobre el mundo de la magia y el ocultismo.

El arte rara vez se ocupo de la registrar temas esotéricos como la brujería, quizá porque debería responder a encargos de la corte y la aristocracia, al tiempo que evitar la excomunión o castigos peores por promover el demonismo y la herejía. Uno de los pocos grandes maestros que se atrevió a pintar aquelarres y brujas fue el genial Francisco Goya, y lo hizo arriesgando un prestigio ya consolidado.

EL AQUELARRE

Oleo mural, 1820 – 1823

Esta enternecedora escena, pintada originalmente sobre una extensa pared de la Quinta del Sordo, fue pasada al lienzo en  1872 por Martínez Cubell, conservador del Museo del Prado. Sus proporciones y la genial expresividad de la composición y las figuras, la sitúan como la mayor obra de Goya sobre el tema de la brujería.

LOS CAPRICHOS

El 6 de febrero de 1799, Goya puesto a la venta en la “tienda de los licores y perfumes” de Madrid un conjunto de 80 grabados concebidos en forma de álbum. La serie, bajo el nombre de Caprichos, fustigaba los vicios y supersticiones de la época en una mordaz crítica social, que tanto  abarcaba a los clérigos o la nobleza como a las supuestas artes de hechicería. Goya ridiculiza la superstición la cual las brujas tenían tratos con demonios y machos cabríos, pero también las sita junto a frailes y asnos, o seduciendo a las jóvenes para convertirlas en discípulas del diablo, como en ¡Linda Maestra! Las hechiceras aparecen  siempre como mujeres viejas y desagradables, cumpliendo las acciones siniestras que les atribuía la superstición. En el capricho Titulado ¡Mucho que chupar! Se las ve como ladronas de niños recién nacidos. Estos famosos grabados del maestro aragonés han dejado una visión irónica y vigorosa de las brujas del siglo XVIII. O mejor dicho, de cómo  las gentes crédulas e ignorantes suponían que actuaban.

PINTURAS NEGRAS

En los últimos anos de su vida Goya retomo el tema de la brujería diabólica en Dos viejas (1808) y en El Aquelarre, que forma parte de las obras pintadas entre 1820 y 1824 en la quinta del Sordo, bautizadas luego como “pinturas negras”. Al igual que en los Caprichos, el maestro aragonés expresa una visión crítica y satírica de las fantasías y supersticiones populares de su tiempo, incluyendo a las brujas y sus supuestas artes maléficas.

¡Linda Maestra!

Capricho 68. Aguafuerte y pintura seca, 1797 – 1799

Otro título irónico para una escena de tintes espeluznantes. La vieja hechicera instruye a una joven novicia en el arte satánico de volar cabalgando sobre una escoba, imagen que era la representación más popular de las brujas desde la edad media.

¡Mucho que chupar!

Capricho 45. Aguafuerte y pintura seca, 1797 – 1799

Quizás el más tremendo de los grabados de Goya, con dos brujas chupando bebés robados a sus madres. Esta creencia estaba muy difundida, y su malignidad se ve resaltada por el canasto lleno de niños en primer plano.

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